lunes, 29 de noviembre de 2010
Aprobada
sábado, 27 de noviembre de 2010
Sigue la polémica ortográfica
El barullo de la 'ortografía yeyé'
Las 22 academias deciden este domingo en México si aprueban modificaciones como la supresión de la i griega.Escritores y ortógrafos muestran más recelo que entusiasmo ante la nuevas normas que valora la RAE.
La nueva ortografía que 'cocinan' las 22 academias hispanas ha provocado más recelo que entusiasmo. Medidas como el 'entierro' de la i griega y la 'entronización' de la ye han bautizado como 'ortografía yeyé' antes de nacer a una norma recibida con cierto desdén, cuando no indignación. El anuncio del cambio normativo originó un notable barullo que ha llevado al director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha, a moderar el entusiasmo inicial. No todo está dicho. Es precipitado publicar la esquela de la i griega o de algunas tildes, viene a decir ahora el máximo responsable de la institución que 'limpia, fija y da esplendor' al idioma que compartimos 500 millones de humanos.
La última palabra se dirá este domingo en Guadalajara (México), en el pleno que acoge la Feria del Libro. En tanto los académicos de ambas orillas sentencian, escritores como el 'cervantes' Juan Marsé constatan que el cambio les deja frío. Otros se dicen dispuestos a matar por un quítame allá esa tilde, como Espido Freire, o minimizan la polémica, como Lorenzo Silva. Miembros de la docta casa como Arturo Pérez Reverte llama a la rebelión ante unas normas que pretende unificar la escritura a ambas lados de Atlántico apelando a un criterio panhíspánico que no convence ortógrafos y correctores que batalla a diario con signos y tipos.
«No me sorprende el barullo, que es positivo. Si discutimos de ortografía no lo hacemos de banalidades o tonterías del corazón», dice el director de la RAE sobre propuestas como aceptar la uve española frente a la be alta y baja de América, a cambio de adoptar la ye presuntamente común en algún país americano «tras discusiones feroces». «La ortografía es materia sensible y muy polémica. Su reforma derivó en Francia en un problema de Estado. En Alemania se acordó un norma que grandes medios de comunicación no siguen», apunta un García del Concha que insiste en la bondad de la nueva norma. «Sorprenderá por su grandeza. Por primera vez será razonada y explicará la convención hasta la saciedad con ejemplos y resolviendo dudas».
Tirar y no usar
Las modificaciones son «innecesarias» para José Martínez de Sousa, ortotipógrafo y lexicógrafo que desaprueba las propuestas. «Nadie dice ye, ni la ha necesitado nunca aquí o en América», denuncia. «No entiendo que se tire la i griega para quedarse con la ye, cuando la propia RAE dice en su diccionario de 2001 que es muy poco usada», apunta el responsable del libro de estilo de Vocento.
«El uso manda, no la Academia. Y el uso dice que de ye ni hablar», insiste este experto, para quien «no estamos ante una reforma ortográfica» y sí ante «cambios puntuales que en unos casos benefician a cada escribiente, que es un mundo». «No se atiende al usuario y lo prueban las reacciones viscerales». «Soy una persona de edad, toda mi vida he dicho i griega y no me lo pueden quitar. La ortografía es también de cada uno», sostiene Martínez de Sousa. Para él, las 22 academias «no valen lo que los cientos de millones de usuarios de la lengua». «Importa más el hablante que los académicos, que han trabajado en secreto, sin consultar a nadie». «Las academias deben operar en función del hablante, ser el lazarillo del escribiente común, resolverla las dudas. Pero debe hacerlo con mucho tiento. Si las reforma se imponen, son una dictadura», resume.
«Me preocupan otras cosas», dice Juan Marsé, premio Cervantes y 'no académico' al que le resbala la cuestión. «Que se cambie la i griega por la ye no me da qué pensar. Por encima de otras cuestiones, mi preocupación permanente es la sintaxis y el estilo», dice. Marsé aprendió las normas a base de memoria y capones «cuando se decía que la letra con sangre entra» pero «la ortografía no ha sido nunca un lastre», dice un narrador que corrige «una y otra vez, hasta la extenuación».
Marsé no está al tanto de todos los cambios propuestos. Al contrario que su joven colega Espido Freire, que no oculta su «estupor» por «unas actualizaciones de la norma ortográfica» ante las que se dice capaz de «salir a la calle a prender fuego a los contenedores embozada en un pañuelo palestino».
Despotismo ilustrado
Lorenzo Silva acepta suprimir acentos en los demostrativos, pero no los de guión o truhán, ni cambiar la i griega por la ye. «Es despotismo ilustrado», dice. «Aporta confusión, es innecesario y excesivo», añade. «Los de mi generación moriremos diciendo i griega», apunta el escritor, a quien no irrita la supresión de la ch y ll: «una anomalía que se corrige». Puntúa Silva «con nota» la labor gramatical y de la RAE, pero estima que «en lexicográfica y ortografía es un paquidermo que va a muy por detrás de sus hablantes». Frente al 'muy dogmático' diccionario de la RAE —«que va unos lustros por detrás de la calle»— recomienda los María Moliner o el de Manuel Seco.
El poeta Antonio Colinas es más tibio. «Creo en la norma, aunque haya que saltársela». «Estoy del lado de la creación y a menudo los poetas vulneramos las reglas». «Tengo libros sin puntuación y que huyen de las mayúsculas. La poesía es plena libertad y la escritura es algo vivo», resume. «El poema es una atmósfera, tiene intensidad y emoción», dice el poeta salmantino, que apuesta por «la flexibilidad» y recuerda que «a menudo son los iconoclastas y los que más arriesgan quienes hacen avanzar las cosas».
Fuente: "El barullo de la ortografía "yeyé"
www.eldiariomontanes.es, España
Viernes, 26 de noviembre 2010
viernes, 26 de noviembre de 2010
El Quijote en Youtube
Gran avance de la lectura del El Quijote en YouTube
jueves, 25 de noviembre de 2010
Premio Cervantes 2010
Una dama que sigue “p’alante”
La autora de Los hijos muertos y Los soldados lloran de noche dijo que no esperaba llevarse el “Nobel español”, pero que ahora es “inmensamente feliz”. Y aunque había anunciado su retiro de las letras, aseguró que tiene en mente su próxima novela.
Los huesos fallan. Quizá la coqueta dama de las letras hispánicas medita sobre los achaques de la edad, en su casa de Barcelona, justo después de que siente un pinchazo en la rodilla que le duele como si le hubieran dado una feroz dentellada. Cuando llega el desánimo, tiene un estribillo balsámico para compensar esas zozobras mentales. Siempre se dice y repite: “P’alante Matute”. A las 14.15, el sonido del teléfono interrumpe las disquisiciones sobre el inventario de desajustes propios de una señora octogenaria. Atiende, acaso agradeciendo que alguien la sustraiga, por unos instantes, de las horadaciones del tiempo. De lo que el tiempo hace con su cuerpo. Escucha, o lo intenta. Pero, ay, no descubre nada nuevo bajo el sol. El oído también falla. O le parece que no responde. Todas y cada una de las mañanas de su vida da gracias por acordarse de lo que hizo el día anterior. Alza la vista, perpleja y emocionada, hacia el cielo raso. “¿Soy yo? ¿Seguro que soy yo? ¿De veras que soy yo? ¿Pero seguro? ¿Pero de verdad que no es un error?”, pregunta, como quien se pellizca para comprobar que no sueña, Ana María Matute, flamante ganadora del Premio Cervantes a los 85 años, autora de una veintena de novelas –Los hijos muertos y Los soldados lloran de noche, entre otras– y de cuentos. Cuando certifica que tiene los ojos bien abiertos, que pese a su inconfundible sordera es cierto, decide abrir dos botellas de Cava para celebrar.
“De verdad no me lo esperaba –dice la eterna candidata al premio más importante de las letras españolas en la conferencia de prensa–. Sí, es cierto que este año sonaba más mi nombre, pero es que en otras ocasiones también había sucedido y al final decidieron no dármelo. Pero tengo que reconocer que no he pegado ojo en toda la noche.” A La Matute –que así le gusta llamarse a sí misma, como si fuera una diva de la literatura–, le fallarán los huesos, pero tiene un vigoroso sentido del humor del que puede ufanarse sin pecar de soberbia. A cuanto periodista que la escucha, le advierte: “No es que sea dura de oído, es que soy sorda”. La escritora catalana no tuvo el sosiego de la salud desde la cuna. El médico le decía a su familia: “Esta niña es frágil, pero sana”. Esta dama, enérgica y afable, que ha cosechado premios como el Planeta, el Nadal, el Nacional de Literatura y el Nacional de las Letras Españolas, supo esperar mucho tiempo –estoicismo, el de la espera, tal vez propio de quien no renuncia a la esperanza– para cumplir al pie de la letra el sueño mayor: la consagración vía el Cervantes.
Matute nació el 25 de julio de 1925 en Barcelona, en el seno de una familia adinerada y conservadora que influyó en la obra y en la ideología de la escritora. A temprana edad supo que su destino serían las letras. La literatura arrojaba luz en medio de la oscuridad de una educación severa. “Las monjas eran duras y, sobre todo, tontas.” Años después diría una frase que es la decantación de una vida dedicada a esa “pasión precoz”. Seguramente en la adolescencia, sin poder explicitarlo como luego lo haría, ya intuía que “cuando eres escritor, la inspiración está en todas partes: en una frase inacabada, en una sonrisa y en un perro que sale corriendo”. Su primer relato, “El chico de al lado”, se publicó en 1947 en la revista Destino. Por entonces tenía 15 años. Eran tiempos lúgubres, grises, tristes. Era demasiado joven para sufrir la censura, pero la padeció con Luciérnagas (1949), que había quedado finalista del Premio Nadal. “El peor censor acabas siendo tú”, ha confesado Matute, a quien en los ’70, antes de la muerte de Franco, ya le “daba igual todo” y escribía sin demasiados miramientos. En 1954 ganó el Premio Planeta por la novela Pequeño teatro. “¡Es el peor libro que he escrito en mi vida! –dijo en una entrevista–. Lo escribí con 17 años y se nota. Para haberlo escrito a tan temprana edad... châpeau”.
Ahora, con el “Nobel español” bajo el brazo, acomoda las barajas de su existencia. “Desde el primer cuento que escribí hasta ahora, siempre he querido comunicar la misma sensación de desánimo, de pérdida, porque vivir es también perder cosas. Eso sí, con eso no quiero dar una imagen de pesimista, que no lo soy.” En su obra inicial conviven el lirismo con el realismo más cruel por el peso del recuerdo de la Guerra Civil. “A mi padre no lo mataron, pero le colectivizaron la fábrica y pasó de ser el amo a un empleado más: era el sistema comunista. En casa escondimos a un fraile y una monja. Recuerdo con nitidez el miedo del pobre fraile que vino huyendo de una iglesia que habían quemado. Hicimos una visita con mi padre al templo y pisábamos cabecitas del Niño Jesús hechas añicos. Después de todo eso, no soy ni de derechas ni de izquierdas: soy La Matute”, proclama la escritora catalana, convencida de que a través de esa suerte de “tercera posición” se coloca en un lugar aparentemente “neutral”.
“Uno no escribe para ganar premios. Si se los dan, es maravilloso. Escribo para mis lectores, para que me lean”, subraya la autora de Olvidado Rey Gudú, un libro que, como ella misma ha reconocido, es su favorito. La Premio Cervantes 2010 se ha pasado la mitad de su larga vida leyendo, una actividad que considera “importantísima”. “Borges decía que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. A mí me pasa lo mismo”, admite la escritora, cuya obra es fundamental para entender la historia de la literatura española del siglo XX. La Matute no separa en compartimentos estancos la vida y la literatura. Para ella es “lo mismo”; no puede ni quiere dejar de ver el mundo “a través de los ojos de la escritora”. Aunque podría retirarse, la rueda del tiempo y del deseo sigue girando con otra velocidad, con otro ritmo. Pero se mueve. El placer de escribir es más fuerte. Hace dos años, en 2008, cuando se publicó Paraíso inhabitado, anunció que sería la última novela. Pero cayó en la trampa de su propia mentira piadosa. Ya se sabe que habrá un libro más para engordar la cosecha. Empezará a escribirlo después de las fiestas de Navidad. “Estoy en ese momento en el que lo tengo todavía en la cabeza. Nunca sé lo que puede durar un libro, es un misterio, como todo lo de la vida. La vida es mágica y eso también es mágico.”
Detrás del título La puerta de la Luna, libro que reúne todos sus cuentos, hay una historia. Esa puerta era un lugar especial que había en la finca de su madre y al que le gustaba ir “para ver el mundo desde arriba y oírlo pero sin participar, como en los cuentos”. La Matute no ha cambiado. Tal vez siga siendo la misma: esa niña y ahora anciana dama que mira el mundo desde arriba. Aun bajo los efectos de las dos botellas de Cava y de esa nube tóxica de dicha que irradia el Cervantes, el rostro sonriente de la escritora catalana es como un imperio en expansión. “En este momento puedo decirlo: soy feliz, enormemente feliz”.
Fuente: "Una dama que sigue “p’alante”", Página 12, Buenos Aires, 25 de noviembre de 2010. (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-20030-2010-11-25.html)
jueves, 18 de noviembre de 2010
La Ortografía está pendiente de aprobación por las veintidós Academias de la Lengua Española en Guadalajara
domingo, 7 de noviembre de 2010
Rarezas de la lengua
Una recopilación de las expresiones y términos más singulares de nuestro idioma
Las rarezas más llamativas de la lengua española
Existen bastantes palabras con las cinco vocales
Ahora que la RAE está preparando una nueva web para ofrecer a los usuarios todos los diccionarios y recursos de la Academia, en la bitacora literaria "Papel en blanco" se han encargado de rescatar algunas de las rarezas más singulares de nuestro idioma, que también compartimos hoy en nuestro resumen bloguero.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Adiós a la Y griega
Adiós a la "y griega"
Según la Real Academia ahora se llamará "ye"; también reemplaza los términos "b" larga y "v" corta; guión" y "truhán" pierden la tilde
lunes, 1 de noviembre de 2010
A contramano de los hablantes
Les paso un artículo publicado por Lucila Castro en Perfil.
AUTORIDAD MAL ENTENDIDA
A contramano de los hablantes
Por Lucila Castro* | 30.10.2010 | 00:14
En la Argentina, todo el mundo dice pastafrola, pero en algunas recetas que se publican se lee pastaflora. Los argentinos dicen concientizar y politicólogo, pero algunos diarios escriben concienciar y politólogo. Los argentinos miran videos, pero las ediciones digitales de algunos medios les ofrecen vídeos. Cuando en la Argentina se corre una maratón, ciertas crónicas la reseñan como un maratón. Parece que algunos diarios quieren ser más papistas que el Papa y escriben a contramano de los hablantes. “Y lo peor de todo, sin necesidad.”
La secuencia de los hechos suele ser la siguiente. En la Argentina se usa una determinada forma, por ejemplo la palabra concientizar. Es una palabra relativamente nueva, pero la gente la conoce y el que no la conoce la entiende porque está perfectamente construida, así que a nadie se le ocurre que tal vez no se use en todo el mundo hispanohablante. Pero un día alguien descubre que no está en el diccionario (en realidad, ahora sí está, pero hace unos años, no demasiados, no estaba) y con el mismo significado está, en cambio, concienciar. Esa persona quiere hablar y escribir bien, pero no tiene una buena formación lingüística y posiblemente adhiera a la errónea creencia de que las palabras que no figuran en el diccionario no existen o son incorrectas. Tal vez intuya que concienciar se usa en España, y quizá llegue a la también errónea conclusión de que por eso es correcta, mientras que concientizar es incorrecta porque sólo se usa en la Argentina (o en Hispanoamérica). Entonces, reniega del bárbaro americanismo y se impone usar en adelante únicamente la palabra española, que él cree más castiza.
Si esa persona es un periodista, sus lectores se encontrarán con una palabra para muchos desconocida. Algunos la entenderán y seguirán adelante con la lectura. Otros pensarán que quizá sea una errata. Tal vez la busquen en el diccionario y se lleven la misma sorpresa, con la posibilidad de que reaccionen de la misma manera que el autor. Pero si la persona que hace el descubrimiento es uno de los que imponen las normas en el diario, va a pretender que toda la redacción abandone concientizar por concienciar. Entonces, los lectores se verán invadidos por concienciar y es posible que muchos se “contagien”. Si es por incorporar una palabra nueva, bienvenida sea, pero no si la nueva adquisición significa perder una forma de la propia área lingüística.
Pero la secuencia de los hechos no termina ahí. Generalmente, con el tiempo, la Academia incorpora el americanismo en su diccionario. Entonces, o bien los conversos no se enteran y siguen con la forma española, o bien se enteran y creen que ahora ese americanismo es aceptable porque está en el diccionario.
En el origen de esta locura hay varios errores de concepto, que a veces alimentamos los que queremos defender las palabras atacadas. Como sabemos que ciertas personas, como los que todavía siguen censurando la forma presidenta, no escuchan razones, muchas veces, en lugar de gastar esfuerzos en dar una larga explicación, nos limitamos a citar el Diccionario de la Real Academia Española. Esas personas, entonces, interpretan que estamos apelando a un principio de autoridad, que les estamos diciendo que la palabra es correcta porque está en el diccionario. Es lícito citar el DRAE para demostrar que una palabra es correcta porque se supone que la Academia no recoge formas incorrectas, pero es un error creer, a la inversa, que si una palabra no está en el DRAE es incorrecta. Precisamente porque la Academia no recoge formas incorrectas, una palabra debe ser correcta antes de ser incorporada, es decir que necesariamente hay un tiempo en que una palabra correcta no está en el diccionario. Esto es lo que algunos no entienden. Y no lo entienden porque tienen muy arraigado el error de creer que la lengua la hacen, por decreto, las academias.
Los dueños del idioma somos todos los hablantes y somos nosotros, españoles y americanos, los que lo hacemos.
No es potestad, sino obligación, de la Academia recoger las formas que la comunidad acepta. Sin embargo, eso no siempre sucede, pero no podemos achacar la culpa a los académicos españoles. Ellos dependen de las academias “hermanas” para informarse sobre lo que se usa en América. Si las academias americanas no pasan esa información, seguiremos con un diccionario hecho sobre todo de españolismos y nunca faltará algún desavisado que crea que esas formas son las únicas legítimas.
*Profesora en letras y periodista
(elserverbal@gmail.com).